Javier Collado

Dobuss

Todas aquellas personas que están atravesando una situación de Cuidados Paliativos, bien desde la perspectiva de paciente o bien como familiares de ellos, necesitan una serie de recursos para poder hacer frente a este momento cargado de dolor y sufrimiento, donde parece que el final de la vida se encuentra próximo. En estas circunstancias, la persona se enfrenta a la amenaza de su propia finitud, con todo un torbellino de emociones y sensaciones que pueden desbordar a la persona y los que se encuentren a su alrededor. Es aquí donde el papel del psicólogo cobra especial importancia…

¿Cómo podemos ayudarles? Parece que trabajar el sufrimiento desde la resilencia y la espiritualidad influye en el bienestar emocional de dichos pacientes según algunas investigaciones…Veamos a qué nos referimos.

LA RESILENCIA hace referencia a la capacidad del ser humano para sobreponerse a la adversidad, recuperarse y adaptarse a nuevas situaciones, por muy cambiantes que estas sean. Por tanto, invertir en este recurso puede ser de gran ayuda, sobre todo para estas personas.

Diferentes estudios muestran cómo la resilencia puede ser entrenada y trabajada. Para ello, se han desarrollado grupos de terapia para el entrenamiento de la resilencia y el manejo del estrés, en los que mediante terapia cognitivo-conductual y, usando la resilencia como herramienta, se enseña a los pacientes a transformar sus percepciones sobre los eventos estresantes, adoptando otra perspectiva más abierta donde se focalizan más en el crecimiento personal y consiguen adaptarse a los cambios de la vida.

Por otro lado, conseguir el alivio del sufrimiento tiene que ir de la mano, también, de la satisfacción de las NECESIDADES ESPIRITUALES. Se ha visto que trabajar en este recurso favorece tanto la percepción de la salud como el bienestar psicológico de las personas en general, por tanto, en cuidados paliativos sería un gran apoyo y contrarrestaría los niveles de sufrimiento.

Quiero recalcar que con espiritualidad no solo hacemos referencia a la experiencia religiosa, sino más bien a la vertiente más existencial del ser humano, es decir, a aquella que viene de su relación con los demás, consigo mismo y su verdadera naturaleza. La huella que queremos dejar o los “asuntos pendientes” sería ejemplo de esto: sentirse amado y amar, obtener el perdón o perdonar a otros, reconciliarse consigo mismo o repasar lo que ha significado lo vivido, el sentido de su vida, lo que ha hecho y conseguido a lo largo de su vida, para estar en paz.

Repasar sus vidas, trámites sin acabar, incluso ayudarles a alcanzar algo que por falta de tiempo o por la enfermedad no podrán lograr puede ser actos donde se le presta especial atención al campo espiritual de la persona. Esto favorece a la relación terapéutica, creándose un vínculo “sanador” que ayuda a todos los integrantes del proceso– enfermos, cuidadores, familiares y especialistas- a mitigar el dolor, a dotar de naturalidad la situación de “final de vida” y otorgar la oportunidad de vivir dicho proceso con la mayor dignidad posible.

Miremos ese atardecer con respeto, consideración, admiremos su belleza…porque por mucho que luchemos y nos opongamos, llegará la noche.

Pero será signo de un día vivido…

RLH.