Javier Collado

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La Universitat Politécnica de València (UPV) y la Red Cenit han desarrollado el proyecto no invasivo T-Room, que es capaz de discriminar a un niño autista de un niño normotípico en un 80% de los casos con unas pruebas que, a través de la inteligencia artificial y la realidad virtual, se realizan en menos de 60 minutos frente a los tests actuales, que pueden alargarse hasta las 15 horas. Además, se mejora el tratamiento al personalizarlo.

Así, lo han explicado el director del instituto I3B de la UVP, Mariano Alcañiz, y el director de los centros de Desarrollo Cognitivos Red Cenit, Luis Abad, en rueda de prensa para hacer una demostración de este método pionero en el mundo en el diagnóstico del TEA (Trastorno de Espectro Autista). El proyecto está cofinanciado por el Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial (CDTI) y Fondos Feder.

Al respecto, el director de los centros de Desarrollo Cognitivos Red Cenit, Luis Abad, ha explicado que este proyecto tiene un doble objetivo: por una parte evaluar la interacción social, conducta repetitiva y habilidades sensoriales de los niños TEA en distintos entornos para posteriormente poder prepararlos para actuar en ese ambiente, que reproduce con exactitud las condiciones reales del lugar.

Para ello, disponen de una habitación en cuyas paredes se ubica un sistema de proyección que muestran las condiciones reales en tres dimensiones para poder hacer una estimulación visual, auditiva y olfativa de una situación determinada. Esta recreación es posible mediante el uso de gafas Eye Tracking, que permite hacer un seguimiento de mirada del niño, y cámaras que analizan los movimientos y que avisan de posibles alteraciones asociadas con este trastorno.

Asimismo, se les coloca una pulsera en la mano no dominante que recoge la sudoración de piel ya que las respuestas electrodermales pueden ser uno de los indicadores de la afección porque en los niños TEA son distintas. De este modo, de una forma no invasiva se miden sus nivel de miedo, ansiedad o estados de evitación cuando se exponen a estímulos auditivos de carácter social y deben hacer frente a la mirada directa de otra persona.

Este modelo permite un diagnóstico precoz ya que en España la edad media oscila entre los 3 años y medio y los 5 años y medio dependiendo de la comunidad. Abad ha recalcado la necesidad de adelantar el diagnóstico para «tener más tiempo de intervención sobre los menores en el periodo fundamental de la plasticidad cerebral más significativo, que es hasta los 7 años». El objetivo es poder diagnosticar el TEA a los 12 meses.

Así, Abad ha explicado que en el T-Room reproducen las condiciones ambientales de un centro comercial, un lugar al que a menudo los niños TAE no quiere ir por el bullicio social. El terapeuta, con una tablet, controla los estímulos, como la luz o la intensidad del sonido de altavoces, para poder personalizar la terapia.

Otro de los escenarios con los que se trabaja es un cine, otro de los lugares a los que estos menores son reacios a ir por sentirse «encerrados», en el que pueden recrear la cantidad de público que asiste, trabajar con la cercanía con la que se sientan el resto de espectadores incluyo el olor a palomitas.

En ese sentido, ha destacado que el modelo está abierto a que los investigadores de la UPV adapten cualquier entorno que reproduzca situaciones diarias a las que debe hacer frente estos niños para ir adaptándolos. Así, el próximo proyecto que quiere implantar es un colegio, con su comedor y patio. «Se trata de trabajar estas situaciones para que cuando estos niños acudan al lugar ya estén preparados para afrontarlas», ha apuntado.

Las primeras pruebas piloto, la investigación se encuentra en segunda fase de ensayos, se han realizado con un grupo de 99 años –51 niños TEA y 48 normotípicos– con una edades comprendidas entre los 3 y los 7 años en sesiones de 30 minutos.

Por su parte, el director del Instituto I·B, Mariano Alcañiz, ha destacado que este sistema sigue la tendencia clínica actual de deconstruir los conceptos de modo que ya no existe el TEA sino personas con TEA, lo que permite «evitar encasillamiento» ya el autismo es «muy complejo y afecta a varias facetas a la vez». Además, consigue un seguimiento «mucho más preciso y objetivo» de la evolución del paciente.