Javier Collado

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En una pequeña calle en Newton, Massachusetts, la comunidad está más viva que nunca, pues en ella se desarrolla la bonita historia que hoy te compartiremos, en la que 20 vecinos comenzaron a aprender lengua de signos, al saber que la nueva bebé de la colonia era sorda.

Desde el primer momento en el que Glenda y Raphael Savitz se mudaron a Auburndale, uno de los 13 pueblos dentro de la ciudad de Newton en el estado de Massachusetts, supieron que era una comunidad como pocas, en la que las familias se conocen y apoyan unas a otras.

Cuando recién llegaron a esa comunidad mientras Glenda estaba embarazada, sus vecinos acudieron a casa para darles la bienvenida, algunos llevándoles galletas y algunos otros saludándolos desde los kayaks en los que acostumbran pasear en el río que está cerca de sus casas.

Muchos de los nuevos vecinos de Glenda y Raphael crecieron ahí mismo y ahora tienen a sus propios hijos, a quienes les transmiten valores muy importantes para ellos, como la amistad y la inclusión. Es la clase de comunidad en la que llevan comida a los vecinos cuando enferman, y sin que se les pida, ayudan a los ancianos a limpiar sus entradas en la época de nevadas.

Algunos meses después de haberse integrado a la comunidad, nació Samantha, su hija. Todos estaban emocionados por la noticia de la llegada de una nueva integrante a la gran familia de vecinos. Pero una semana después de que la pequeña había nacido, las pruebas médicas encontraron que ella era sorda.

Para Glenda y Raphael, Samantha era la primera persona que conocían con sordera, pero aunque naturalmente les tomó por sorpresa, decidieron de inmediato comenzar a aprender lengua de signos. Lo que no imaginaban, era que no serían los únicos.

En cuanto sus vecinos supieron que la nueva niña padecía sordera, tomaron una decisión: todos aprenderían lengua de signos, para hacerla sentir bienvenida y poder comunicarse con ella.

«Todos tenemos hijos propios y estábamos muy emocionados por la llegada de la nueva bebé», comenta en entrevista para el Boston Globe Jill McNeil, una de las vecinas que también es madre de dos hijos que crecieron en esa comunidad. «Estábamos emocionados de que una nueva bebé llegaría. No hay nada mejor que eso. Y entonces nos encontramos con un reto adicional. Ves a Sam y es muy frustrante no poder decirle ‘Oh, me encantan tus lindos pantalones rosas’. Quisimos evitar eso. No queríamos que ellos batallaran más si había algo que nosotros podíamos hacer para ayudar».

Y así, fue como 20 de los vecinos de la pequeña Samantha comenzaron a reunirse en la casa de una de ellos, Lucia Marshall, para comenzar a aprender lengua de signos, sin pedir permiso o ayuda a los padres de Samantha. Simplemente se organizaron, contrataron un instructor y comenzaron sus lecciones.

Ahora, Samantha tiene dos años y quizás no lo sabe todavía, pero ha ayudado a que esta pequeña comunidad sea aún más unida, al trabajar juntos con una bella causa: hacerla sentir incluida y parte de la familia. La lengua de signos americana se ha convertido en el segundo idioma que hablan en la comunidad, y ella cuenta con grandes amigos.