Javier Collado

Dobuss

Valentino Dixon ha pasado cerca de 27 años en la cárcel por un crimen que no cometió, condenado por asesinato. Media vida en la que el arte le ha servido de inspiración y vía de escape. Y, al final, incluso de pasaporte a la libertad: un grupo de alumnas de Derecho de la Universidad de Georgetown, que conoció su caso a raíz de sus dibujos, inició una campaña de activismo para que se revisara su sentencia.

Y ellas mismas volvieron a investigar el caso y revisar las pruebas. Finalmente, Dixon fue liberado el pasado 14 de septiembre en Nueva York, tras reconocer el fiscal que su condena fue injusta y que no se habían tenido en cuenta todas las pruebas. Dixon fue condenado a cadena perpetua en 1991, cuando le acusaron haber asesinado a un adolescente de 17 años durante una reyerta con armas de fuego en una noche de agosto de aquel año en Buffalo.

Él siempre negó la autoría del crimen, aunque reconoció haber estado en el lugar de los hechos, pero algunos de los testigos le incriminaron. Ni siquiera le sirvió de nada que días después otro individuo, Lamarr Scott, admitiera a los medios locales haber sido el autor de los disparos. «No quiero que mi amigo cargue con la culpa de algo que hice yo», dijo en una cadena local.

El presidiario, que había estudiado arte en el instituto, dedicó sus últimos años de condena a pintar. Un funcionario de prisiones le dio una fotografía del hoyo 12 del Campo de Golf Nacional de Augusta, en Georgia, un emplazamiento famoso entre los aficionados a este deporte. Aquel dibujo comenzó a cambiar su vida. «Tras 19 años en la Cárcel Correccional de Attica, ver un hoyo de golf me llegó personalmente», ha contado Dixon. «Se veía muy pacífico. Me imagino que jugar al golf debe ser muy parecido a pescar».