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CBN. María de Soria es una joven española que comenzó hace tres años a hacer un viaje
«espacial» laboral.
A sus 32 años trabaja en la agencia espacial norteamericana, comúnmente conocida como NASA, desde donde estudia nuestro sistema solar y particularmente un pequeño y especial asteroide denominado «Psyche», de algo más de 250 kilómetros de diámetro y compuesto de hierro y níquel.
Para llegar ahí María no lo tuvo fácil, ya que tras graduarse como Ingeniera Aeronáutica en 2009, logró una beca para estudiar en el prestigioso MIT (Massachussets Institute of Technology).
No obstante, en España sólo pudo trabajar como becaria durante algo más de dos años en la tecnológica GMV.
En el MIT logró un doctorado y se especializó en magnetoesferas.
Más tarde se incorporó al área de investigación de la Universidad de California (UCLA), y desde allí a la NASA, donde logró acceder en 2015.
El trabajo de María en la actualidad se centra en la llamada misión «Psyche», para estudiar si el citado asteroide fue originariamente un planeta, para lo que se proyecta construir un instrumento llamado magnetómetro que será la base del satélite que enviará la NASA en 2022.
Prevaimente, en el MIT basó su tesis doctoral en los llamados cinturones de Van Allen.
Cuando los humanos comenzaron a explorar el espacio, el primer hallazgo importante fueron los cinturones de radiación de Van Allen, zonas en forma de rosquilla de partículas cargadas magnéticamente atrapadas y altamente energéticas. Los cinturones de Van Allen consisten principalmente en dos anillos: el cinturón interno comienza aproximadamente a 1000 kilómetros sobre la superficie de la Tierra y se extiende hasta 9600 km, mientras que el cinturón exterior se extiende desde aproximadamente 13 500 a 58 000 km sobre la Tierra. La ubicación y las formas de los cinturones pueden variar, e incluso pueden fusionarse por completo.
Pich y sus colegas descubrieron que un tipo de onda electromagnética VLF conocida como onda de ciclotrón de iones electromagnéticos (EMIC) podría dispersar protones en el cinturón interno.
Pich dice que esta estrategia no representa un peligro para la Tierra: el enjambre de protones pasaría prácticamente inadvertido en la atmósfera. Pich y sus colegas refinaron recientemente la estrategia computacional necesaria para determinar qué frecuencias deberían usar las antenas basadas en el espacio y cuánta energía se necesita.
Sin embargo, Pich también descubrió que para dispersar todos los protones de la región, necesitarías un millón de antenas de 15 metros que funcionarían durante algunos años, «lo que de hecho no es posible en el futuro cercano», dice ella. No obstante, señaló Pich, sus cálculos suponen que las ondas que estas antenas generan no se rebotan dentro y fuera del cinturón interior. Si lo hacen, eso podría mejorar en gran medida su eficacia, lo que podría hacer posible la estrategia. Una misión satelital decidiría el asunto de una manera u otra, pero se necesita mucho trabajo de ingeniería para proponer tal misión.
Las enormes cantidades de radiación en los cinturones de Van Allen pueden plantear riesgos importantes para el conjunto de satélites que atraviesan u orbitan dentro de estas franjas de espacio. Hay formas de hacer que las naves espaciales sean más resistentes a esta radiación.