Javier Collado

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María Morales. Cuando Diego Rosales, un niño con autismo, tenía poco más de cuatro años y le estaban saliendo los dientes, un odontólogo, tres enfermeras y un enfermero trataron de mantenerlo quieto en el sillón para revisarlo. Fue imposible. “Me muerde mucho, no lo puedo revisar”, le dijo el dentista a Verónica Narváez, su mamá.

Las visitas al dentista se volvieron un sufrimiento. “La última vez, (al) ver tantos enfermeros arriba de él como si fuera un monstruito, yo dije ‘No’”, contó Narváez a The Associated Press. En una ocasión en 2016, recordó, su hijo se fue a dormir y se movió por horas un diente hasta que se le cayó con tal de evitar ir al odontólogo. Familiares de niños autistas dicen que llevarlos al odontólogo es un suplicio: les molesta la luz sobre el sillón, la vibración del taladro, que les invadan su espacio; no quieren abrir la boca y muerden.

En Chile, Raúl Varela, de 52 años y quien también tiene un hijo con autismo, comenzó a aplicar hace unos años una técnica inédita en el país y que ha dado resultados positivos para varias familias: el uso de perros de terapia que acompañan en todo momento a los pequeños durante sus visitas al dentista.

A Diego, que ahora tiene nueve años, le presentaron hace poco a “Zucca”, una labradora negra entrenada por Varela. Y las idas al dentista cambiaron. Un día reciente, Diego llegó al consultorio donde ya lo esperaba “Zucca”, que se tendió sobre sus piernas todo el tiempo. El pequeño pareció no percatarse cuando lo anestesiaron y le sacaron un diente, el que al final recibió cual trofeo en una caja con forma de ratón.