Javier Collado

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María Morales. La obesidad, un cuadro muy extendido a nivel mundial, que resulta de una acumulación excesiva de grasa corporal, es un importante factor de riesgo para el desarrollo de diversas enfermedades, incluidas las cardíacas, los accidentes cerebrovasculares y la diabetes mellitus tipo 2.

Según estimaciones de la OMS,  unos 1,900 millones de adultos en el mundo presentaban sobrepeso en 2016, de los cuales, 650 millones eran obesos. El problema parece acrecentarse cada año, ya que pese a las variadas terapias existentes para el tratamiento de esta pandemia, los efectos rebote son hallazgos comunes en estos pacientes, no exentos de efectos secundarios de diversa gravedad.

Dentro de los fármacos probados para el tratamiento del sobrepeso y la obesidad, se encuentra el agonista del receptor adrenérgico beta-3, un medicamento aprobado por la FDA de los Estados Unidos que se utiliza para tratar las vejigas hiperactivas, mientras que la triyodotironina o T3 es la medicación utilizada para tratar el hipotiroidismo.

Estas sustancias, si bien se ha demostrado en otros estudios su capacidad para poder convertir la grasa blanca en marrón, su empleo para reducir los depósitos lipídicos se ha visto obstaculizado por presentar efectos secundarios y acumulación de niveles de fármacos potencialmente graves en tejidos que no eran el blanco, al ser usadas vías de administración convencional de fármacos, como es la ingesta oral.