Grupo de música Cinco Siglos.

Javier Collado

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Grupo de música Cinco Siglos.
Grupo de música Cinco Siglos.

Redacción. Por mayo, era por mayo. Música en tiempos del Gran Capitán es el título del concierto con el que el grupo cordobés de música antigua Cinco Siglos va a celebrar 25 años de trayectoria, este miércoles 6 de mayo, a las 21.00 en el Salón de Mosaicos del Alcázar de los Reyes Cristianos. Con Delia Agúndez, canto; Antonio Torralba, flautas; Miguel Hidalgo, guitarra y vihuela renacentistas; Gabriel Arellano, vihuela de arco; José Ignacio Fernández, bandurria renacentista, Daniel Sáez, rabel bajo y colachón; y Antonio Sáez, percusión, Cinco Siglos interpretará composiciones de Juan del Encina, Juan Álvarez de Almorox, Giacomo Fogliano, Antonio de Contreras, Francisco de la Torre y Juan Ponce, además de otras anónimas. El concierto lo organiza la Delegación de Cultura del Ayuntamiento y es de entrada libre hasta cubrir aforo.

Cinco Siglos se fundó en 1990 por el flautista Antonio Torralba y por su actual director, el laudista Miguel Hidalgo. Desde el comienzo, los intereses del grupo se centraban en los repertorios menos conocidos de la música instrumental anterior al Clasicismo; en especial, aquellos en los que se da una confluencia entre lo culto y lo popular. La paulatina incorporación de los demás miembros del grupo (Gabriel Arellano, Antonio Sáez, José Ignacio Fernández y Daniel Sáez) y las múltiples colaboraciones con músicos de todo tipo (Paolo Cecere, Françoise Atlan, Otman Mrini, Aziz Samsaoui, Sandra Così y, muy especialmente, Delia Agúndez) han marcado una trayectoria que ahora cumple veinticinco años. En un principio el trabajo estuvo centrado en la música medieval y, más tarde, se extendió a los repertorios renacentistas y barrocos también. Fruto de estos trabajos han surgido doce grabaciones discográficas y numerosos programas de concierto que han sido llevados con éxito a los más prestigiosos festivales de toda Europa. Cinco Siglos ha rescatado patrimonio musical inédito a través de la transcripción y grabación de piezas inéditas y también mediante la reconstrucción de numerosos instrumentos musicales antiguos que han ido engrosando una valiosa colección de más de un centenar de piezas artesanales.

Músicas en tiempos del Gran Capitán. Asentadas las paces con Portugal, se mantuvo en la Corte disfrutando de la estimación de todos, y particularmente de la Reina Doña Isabel, que, mientras vivió, conservó a Gonzalo mucho afecto (y algunos dicen amor), y le defendió de las calumnias de los envidiosos (Ignacio López de Ayala, Vida de Gonzalo Fernández de Aguilar y Córdoba, llamado el Gran Capitán. Madrid, 1793).

Como dejó escrito Arthur Koestler, el sonido más persistente de la historia es el de los tambores de guerra. Aplicar esta evidencia a la historia que rodeó la vida de un militar como Gonzalo Fernández de Córdoba (Montilla, 1451-Granada, 1515) es imaginar la reverberación sobrecogedora de un redoble sin fin. Al leal amigo de los Reyes Católicos le tocó lidiar con las dos grandes empresas de los monarcas: las batallas arduas de la Reconquista y la recurrente disputa con los franceses por las tierras del sur de Italia Y así, una de las piezas que presentamos en esta evocación de los tiempos del Gran Capitán es el villancico laudatorio Gaeta nos es subjeta, que compuso Juan Álvarez de Almorox (h. 1465-1551), un cantor y compositor de la Capilla Real Aragonesa, a raíz la toma del célebre enclave napolitano el 1 de
enero de 1504.

Pero la mayor parte de la música seleccionada tiene otro carácter. Pertenece al tipo de canciones que iluminan el amor, el sentimiento o la felicidad, aquellos momentos de plenitud que, al decir de Hegel, son las páginas en blanco de la historia. O, también podríamos decir, el botín de una rebusca entre las líneas que a menudo dicta la justificación, el autobombo o la revancha.

Según el flautista Antonio Torralba, es muy posible que la referencia de Ignacio López de Ayala que encabeza estas notas cuelgue del lado del halo mítico que, ya en vida, comenzó a rodear la figura de Gonzalo Fernández de Córdoba. Sabemos que desde los 14 años entró a la corte de los infantes de Castilla, sirviendo primero como paje de Alfonso, el hermano de la entonces princesa Isabel, y luego de la propia futura reina. Crónicas y leyendas están llenas de veladas insinuaciones. Nos cuentan que, cuando Gonzalo e Isabel se conocieron, ambos quedaron muy impresionados, uno por la belleza y dulzura de la princesa y la otra por la gallardía y el «fuerte cuerpo» del que sería considerado el más grande militar de España. Relatan que cuando el Conde de Cabra apresa y mantiene cautivo a Gonzalo la reina interviene personalmente para que sea liberado. Y decenas de anécdotas como la que sigue. Durante el asedio a Granada, se quemó la tienda de la reina por descuido de una de sus damas. Gonzalo muy presto mandó traer la recámara de su esposa, desde Illora. La magnificencia de las ropas y muebles fue tal, y tal la prontitud con que fueron traídos, que Isabel exclamó «que donde había verdaderamente prendido el fuego era en los  cofres de Illora» a lo cual respondió el galán que «todo era poco para ser presentado a tan gran reina». Esto último, como también el célebre llanto desconsolado del militar al conocer la muerte de Isabel, lo cuenta quien quizás más alimentó el mito: Manuel Josef Quintana, en su biografía escrita en los albores de nuestro Romanticismo. Sea como fuere, las vidas del Gran Capitán y de la reina Isabel de Castilla corrieron en buena parte parejas, rodeadas de las mismas músicas que por entonces enmarcaban las vidas de los nobles: la música litúrgica de las celebraciones religiosas, la protocolaria de las ceremonias diplomáticas y la íntima de las salas. Muchas de las canciones encuadrables en este último grupo, fruto a menudo de la admiración cortesana por lo popular, se conservan en el manuscrito conocido como Cancionero de Palacio, copiado muy a principios del XVI y estrechamente vinculado a la vida y gustos de Isabel de Castilla. Entre sus folios duermen los amores fronterizos (Tres morillas), el galanteo sutil que Gonzalo aprendió en Sicilia (L’amor dona chio ti porto), las bromas pastoriles (Pedro y bien te quiero), la tristeza del cautiverio (Por mayo era por mayo) o el desamor (Nuevas te traigo), las patrañas que se cuentan junto al fuego (Pámpano verde). En suma, la vida a la que se aferró el Gran Capitán, por más que clamara en sus arengas aquello de «no temáis, que pues la tierra nos abraça, bien nos quiere».